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    Viaje de intercambio, una experiencia que me cambió la vida

    Después de vivir los seis meses más excepcionales de mi vida, regresé a mi tierrita, con una mezcla descomunal de sentimientos. Conocí lugares magníficos y casi utópicos, llenos de color, cultura, gastronomía y la gente más amable, calurosa y cordial que pude haber conocido. Creía que la comida mexicana casi no tenía picante… si un mexicano te dice que no pica, claro que sí pica, ‘carnalito’.

    Sentada en el borde de la cama sencilla que escogí al llegar a Puebla, México, convierto mi espacioso cuarto en una máquina de tiempo y me devuelvo a pensar cómo empezó toda esta aventura.

    Era un jueves en la tarde. Como solía suceder, estaba en mi querida universidad y era el último día para entregar los documentos para formalizar el intercambio hacia México. Sentada frente a una de las computadoras de la sede Bolívar con mi amiga Natalia, quien se encontraba realizando el mismo proceso, intentaba redactar mi carta de intenciones: “¿Por qué quería irme a México?”.

     

     

    Miles de deseos, expectativas, sueños y, por supuesto, miedos se cruzaban por mi mente. Los resumí todos en unas líneas que hablaban de mi pasión por conocer el mundo y, como periodista, esta sería una experiencia enriquecedora que me llenaría de anécdotas para contar y esto fue justamente lo que sucedió.

    Mi felicidad y fortuna no pudieron ser mayores al recibir un correo electrónico en el que se me anunciaban que había sido beneficiada con la beca de sostenimiento para el viaje. Ahí empezó todo.

    En los días siguientes, no dejaba de pensar en el viaje, pues era la primera vez que volaría sola y me marcharía lejos de casa por tanto tiempo.

     

     

    Empacado mi equipaje quería llevarme hasta el perro, pero, como típica colombiana que deja todo para último momento, cinco horas antes de partir al aeropuerto me encontraba en mi dormitorio, rodeada de las personas que más me aman, decidiendo qué llevar y mi mamá, pensando en todo, quería empacarme hasta el papel higiénico.

    Como elementos indispensables llevé conmigo mi camisa favorita roja a cuadros, dos portarretratos para no sentirme tan lejos de casa y un botiquín de viajeros con medicinas para dolores varios, curitas y, por supuesto, varios sobrecitos para aliviar el malestar que me podrían generar los alimentos nuevos. Todo estaba listo.

    Cuando pisé las tierras mexicanas por primera vez, descendiendo del avión, me sentí como Cristóbal Colón llegando a América: yo quería ser la ‘conquistadora’ de México. Exploraría cada rincón, probaría cada plato, admiraría cada paisaje, pero con la diferencia de que me entregaría por completo y me dejaría dominar por toda su riqueza cultural.

    Como siempre, la realidad supera la fantasía: primero, porque la beca y mis recursos no eran suficientes para todo lo que quería hacer una joven bastante ambiciosa y soñadora; segundo, porque cada cosa que vi, que aprecie, que probé y que capturé con el lente de mi cámara fue mucho más preciosa que todo lo que pude haber imaginado.

     

    Esta experiencia me ha llenado de historias para escribir, para sentir que cada instante valió la pena: viví, baile, gocé, viajé, comí hasta más no poder, desde cosas que podría morir degustando hasta cosas que solo probaría por primera vez, como los deliciosos tacos, quesadillas, cemitas, molotes, mixiotes, gorditas, tostadas, tortas, pozole, chiles en nogada, tamales, pelonas, chanclas, mate, ñoquis y dulce de leche. Mi intercambio se resume en comida y de eso se trata, de descubrir y descubrirnos.

    Al encontrarme sola en un lugar nuevo y totalmente desconocido, con gente que tenía creencias, gustos y tradiciones muy diferentes a las mías. No solo me sentí afortunada y orgullosa de ser colombiana, sino también puede revelar y desarrollar diversas facetas tanto personales como profesionales que no conocía: así como las flores, fue mi tiempo de abrirme al mundo.

    Viajé a lugares llenos de historia, maravillosos y únicos como Ciudad de México, Cancún, Chichen Itzá, Playa del Carmen, Los Cabos, Teotihuacán, Monterey, Puebla, Atlixco, Tepoztlán, Cholula, Oaxaca y Hierve el Agua. Estos fueron algunos destinos que se cruzaron en mi camino.

     

    Me sumergí en acaloradas conversaciones de feminismo, política, historia y escuché narraciones maravillosas de forasteros de todo el mundo. Tuve tertulias con argentinos, españoles, gringos, cubanos, un barranquillero muy peculiar y, por supuesto, muchos mexicanos ‘bien chingones’.

    Pude apreciar los más hermosos atardeceres poblanos desde la apacible terraza de nuestro apartamento, esa casita azul ubicada en la 24 norte 231, inmensa y muy espaciosa para lo que estaba acostumbrada.

    Conviví con cinco mujeres: dos argentinas excéntricas de quienes aprendí infinitas cosas, una fiel defensora del feminismo y las ideas socialistas y otra compañera, quien siempre se encargó de las cuentas y de ser nuestra mamá en muchas ocasiones. Además de tres colombianas más, con quienes compartía el amor por las arepas, el arroz y la salsa. Llego la hora del regreso y partí feliz, renovada, sin miedo a vivir, con una familia más grande, con hermanas y hermanos argentinos, colombianos y mexicanos, mamá Arle, don José, entre muchas otras personas. Regreso a Colombia con nuevas perspectivas que espero poner en práctica en esta carrera de periodismo que tanto amo. Parte de mí se queda en México y parte de este hermoso país me lo llevo en mi corazón. Vivan y no teman, en el herrar está el detalle y la fortuna.

    Con amor,

    Camila Escobar, una colombiana flechada por el mundo.

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